mp24
mp3
mp4
mp5
mp6
mp7
mp10
mp9
mp10
mp9
mp10
mp9
mp10
mp2
 
 
 
spacer
 
   
 
     
                     
  ENTREVISTA
 
 

Benito Taibo

 
           
 
     
 
 
 

 

 
 
   

Periodista, narrador, columnista gastronómico; miembro de una genética literaria basada en el espejo de mirarse en el otro. Cocinero empírico y comensal certero. Pero sobretodo, poeta.

 
por Alfonso Franco
Fotografía Ignacio Auditore

Sentado en el restaurante Azul Condesa, Benito Taibo afirma ser un escritor que cocina, un poeta que propone experimentos lingüísticos acompañados de fusiones gastronómicas y sal de sentimientos recopilados en la mesa.

"La comida es cultura, y por lo tanto todo tiene que ver con el oficio y los placeres, y los placeres con la literatura y la gastronomía. Yo no entendería el mundo o la vida sin la conversación alrededor de una buena comida, que es sólo un pretexto maravilloso para reunirte con la gente que quieres. El hombre es hombre desde el momento en que sazona sus alimentos y se reconoce en el otro. Es un llamado primigenio a compartir: es el espejo de la otredad". La familia Taibo llegó refugiada de España, y "con la misma generosidad que México les abrió las puertas, ellos en retribución siempre abren su casa, su corazón y su mesa a todo el que necesita no sólo alimentación, también amor. Quien fuera perseguido (chilenos víctimas del régimen de Pinochet, argentinos oprimidos por la dictadura, españoles huyendo del franquismo), recibía cariño y un buen plato de fabada". Comida de la provincia española: "un tipo de pisto que sólo se hace en el norte de Asturias (plato con pimiento y cebolla sofritos, papas, calabacines y puerros), preparado como nada más mi madre lo sabe hacer. El mundo se ve de otra manera después de comer uno de esos platos de fabada; eso te hace sentir que hay esperanza".

¿Es más fácil escribir cuando no se tiene hambre o cuando no se es perseguido?
Alguien con oficio escribe con hambre o sin hambre, con ruido o sin ruido, con amor o sin amor. Para un autor el hambre de verdad es la necesidad de escribir.

¿Cuál es el compromiso de un escritor con el mundo en el que vive?
Comienzas con el compromiso contigo mismo y de ahí partes y creas para los demás. Un autor sin lectores no existe. Entonces volvemos al concepto de encontrarte en la pupila del otro. No estoy de acuerdo con quien piensa que la literatura es un acto de evasión. Las letras son la fórmula con la que en un universo paralelo puedes encontrar tu propia huella en este mundo. El compromiso es ser sus ojos, ser sus oídos, ser su palabra, sin ser panfletario.

¿Qué comes cuando escribes?
Como todo el tiempo, soy un tragón. Soy un hedonista. Pero sobre todo cocino, porque cocinar es un acto de amor, exactamente lo mismo que escribir. Lorca decía que hacía poemas para que lo quisieran; yo cocino para que me quieran.


¿Qué tipo de comida te gusta?

Me encanta el experimento y aborrezco la nouvelle cuisine. Siempre que el paisaje esté en el plato, la cocina no te decepcionará, pero también influye la compañía. Debes seguir teniendo dentro a Nunca jamás y siempre vivir una gran aventura. Prácticamente como de todo, menos ojo. ¿Alguna vez has comido algo que haya cambiado tu vida? En el barrio gótico de Barcelona un trozo de chocolate comenzó mi afición por la sal; el lugar se llamaba la Estrella de plata. El chef me dijo 'se ve que tú sí sabes', le respondí 'yo como, como mucho, lo que me pongan'. Me advirtió que nunca había probado algo como el postre: una tablilla de muy buen chocolate con sal gris de Guérande, horneada durante cuarenta segundos. La sal se disuelve en tu boca mientras absorbes todo el cacao. Salí de ahí con un costal de la sal. O cuando sentado a la mesa junto a mi padre y Luis Buñuel, frente a unos callos a la madrileña, el cineasta me dijo: 'lo tuyo es la poesía'.

¿Hay algún libro que te haya dado hambre?
Cada vez que leo a Vázquez Montalbán me da hambre, y El perfume, de Patrick Süskind. Cada vez que en Cien años de soledad, de García Márquez, hablaban de la gallina en ajiaco me quedaba con las ganas, hasta que la probé.

Benito Taibo recopila poesía, palabras y experiencias en la mesa, pero también colecciona sales de todo el mundo. "Es el primer sazonador, el primer gran descubrimiento gastronómico". Se utilizaba para conservar alimentos, y en Roma era más valiosa que el oro, de ahí el origen de la palabra salario. "Comencé a coleccionarlas y hoy por hoy tengo más de 120 sales del mundo, algunas enloquecidas y exquisitas, que cuestan más que un kilo de cocaína. Para mí las mejores del mundo son la de Cuyutlán y la de Guerrero Negro, México. El mundo de la sal tiene cosas fascinantes como la sal rosa del Tíbet, que sabe distinto a la rosa de Australia. O la sal negra del K?lauea, la única que tiene ese color de origen".

MEMORIA Y SAL
Benito Taibo es autor de libros de poesía como Siete primeros poemas, Vivos y suicidas, Recetas para el desastre, De la función social de las gitanas y la novela Polvo. Es coordinador nacional de difusión del INAH y crítico gastronómico mordaz. Actualmente escribe una nueva novela, Persona normal, con un capítulo entero dedicado a la comida y a la construcción del ser humano. "La educación sentimental es más importante que la formal, y la vas desarrollando con apetencias y deseos, con todo lo que te llene los sentidos".
Su padre, Paco Ignacio Taibo I, y su hermano, Paco Ignacio Taibo II, son parte de su mesa. "Mis recuerdos gastronómicos tienen tanto de los grandes restaurantes del mundo, como de la Birria del Jarocho o el Mercado de la calle de Medellín". Quizá es por eso que, en su poema, Selección natural, dice que el paraíso está atrás de los Estudios Churusbusco, "porque ahí nos íbamos a comer unos tacos de bistec con papas, sensacionales. El paraíso está ahí, y también donde escucho cada noche el respirar de la mujer que amo".