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Sincera, bronca y apasionada, la roquera regio-tapatía nos abrió las puertas a su sensibilidad y filosofía de vida, donde la comida tiene un papel protagónico. Arropados por el Restaurante Corazón de Maguey (en el mero corazón de Coyoacán), La Guerra nos habla de su buen diente, sus sabores y sinsabores y de cómo la música es para ella una actividad alquímica, como cocinar. |
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por Manuel Meza
fotos de Mónica Terrazas |
Elizabeth Guerra Vásquez, nacida en Monterrey, Nuevo León, es una de las figuras de la música mexicana más representativas de lo que en México significa “picar piedra”. Defensora a ultranza de su proyecto y dueña de su rumbo artístico, Ely platica sobre su momento actual, sus colaboraciones musicales, su amor por la comida y su reciente participación en el Festival Vive Latino.
MM: ¿Porqué no resumes tu historia en el Vive Latino desde tus inicios y cómo cae con la reciente salida de tu disco nuevo?
EG: Caen de la mano porque nosotros, a pesar haber estado casi siempre cobijados por una compañía disquera, también hemos sido un proyecto de mucha búsqueda personal en el que ha habido una independencia desde el inicio; empujada sobre todo por un espíritu de libertad musical y el Vive Latino nos costó nuestro trabajo. Yo ya recorrí todos los escenarios. Hice mi trabajo de derecho de piso: en el primer Vive Latino estaba en ese escenario pequeñito que apenas formaba parte del festival… empecé en de menos a más y me siento muy orgullosa de que este año me haya tocado en el escenario grande, en un horario muy bonito porque es cuando comienzan -quieras o no- las bandas grandes y estamos muy complacidos de entender que nosotros sí hemos recorrido jerarquías.
MM: Muchos esperaban que después de tu dueto con La Ley tu carrera se convirtiera en otra cosa, pero mantuviste el camino independiente...
EG: Los de La Ley buscaron en mí una colaboración muy sincera, a partir de que encontraron mucha magia en mi disco Lotofire (1999), por eso cuando me invitaron a hacer El Duelo, que es una pieza musical muy seductora, yo no le podía poner un pero, no podía decir que no. Fuera una fórmula o no, la canción ameritaba estar en ese momento y quedó claro el porqué: ahora es un clásico. A mi me complace mucho que todas las colaboraciones que he hecho se manifiesten de manera importante, como esa y la que hice con Control Machete para Amores Perros, que también tuvo una ventana bonita.
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Acabo de hacer una con Sergio Vallín (guitarrista de Maná) en su disco solista y no deja de hablarme para decirme “Ely, tu tema, es el tema del disco”. Reconozco que en mí hay una muy buena disposición para las colaboraciones que quiero hacer. Las que no, simplemente no las hago.
MM: En Hombre Invisible (2009), los artistas con quienes colaboraste te dieron algo muy delicado e íntimo. Cuéntanos como se dió.
EG: Tienes toda la razón. Era una petición sumamente delicada y por eso nunca los invadí en su espacio, nunca fui a verlos, no les estaba diciendo hagamos un dueto o hazme una canción, aliviáname, sino que te voy a exponer: haz lo que se te ocurra, mándamelo que yo le voy a dar en la madre. Era casi eso. Entonces escribí cartas firmadas por mí donde los saludaba, los halagaba y les explicaba porqué los elegía y qué era lo que yo quería hacer. Álvaro Enríquez, por ejemplo, me entregó un casete de cinta y me dijo: Ely, yo no uso la tecnología, pero toma. .. Creo que también el acercamiento y la petición al explicarles algo tan sencillo los aligeró. Gustavo Santaolalla, por su parte, me dijo “yo en lugar de mandarte la secuencia armónica, ¿por qué no me mandas un escrito tuyo? Déjame ver cómo le pongo música”. Y me pareció nuevamente un reto, que era la posición en la que quería estar, porque como músico he sido muy atacada en ciertos momentos de mi carrera en los que dicen: “Ely, ¿porqué no has explotado ya?” Y los miro con profundidad, porque yo también quisiera ser un hit, pero quiero que ese hit sea sincero, honesto. Que si llega ese momento es porque es mío y de nadie más. Yo acepto mi situación con dignidad y con mucho honor y creo que eso es lo que observa un músico como Santaolalla o Juanes en mí. Por eso no les dio temor depositar su trabajo creativo en mis manos.
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MM: Hagamos un alto en Sweet & Sour, Hot & Spicy (2004), por la motivación que alguna vez mencionaste del deseo, el placer y los sabores…
EG: Sabes que con tu revista y con esta charla, tiene todo que ver el Sweet & Sour… Te cuento: mi mamá es una mujer muy guapa, que no solamente es guapa por su físico sino por su personaje: muy segura de sí misma, que conoce sus capacidades y que en el camino me manifestó desde muy chica que la mejor edad era la década de los 30. Entonces, se me quedó muy grabado, porque yo desde muy joven ansiabacumplir 30 años y cuando llegué, entendí el mensaje y dije: ¡claro!, empiezas a dejar un poco la inocencia y a vivir en tu físico todos estos cambios. A las mujeres nos crece todo cuando cumplimos 30 años, y no para mal, al contrario. A mí me crecieron las partes estratégicas, me empecé a poner más voluptuosa y me sentí mucho mejor. Yo llegué a los 30 años liberada de muchas cosas porque así me lo propuse. Entendí que si yo seguía con una relación de pareja que ya estaba desgastada, no iba a ser feliz y creo que este disco habla de un momento personal muy femenino que a muchas mujeres les hizo ¡clink! No sabes cuantas mujeres vienen y me dicen “Ely, ¿qué ondas con el disco? Yo me reflejo en él”. Yo digo que ese disco es muy ñoño, muy rosa. Y es un poco la burla para mí misma. Cuando uno aprende a reírse de uno mismo das un paso p’arriba y creo que ese disco fue el primer paso de quien soy ahora.
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