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  ENTREVISTA
 
 

Héctor Suárez Gomís

 
           
 
     
 
 
 

 

 
 
   

Devorador de clubes de comedia, empezó jugando en los escenarios cuando era niño, para un día abrir los ojos y darse cuenta que la actuación es su vocación. Actualmente hace teatro, entre la ciudad de México y giras nacionales; escribe una columna en el periódico Excélsior y conduce el programa de televisión La Sobremesa, en Cadena Tres. Tiene un libro publicado y otro en la imprenta. Le apasiona la comedia y, aunque odia cocinar, disfruta mucho comer.

 
por Inés M. Saavedra
Fotografía Rodrigo Oropeza

En el afán de buscar el lado divertido e irreverente de la gastronomía, conversamos con Héctor Suárez Gomís. Así, en una honesta y poco condimentada (pero no desabrida) charla, nos contó sobre su relación con la comedia y la comida.

¿Cuál es tu relación con la cocina?
Ninguna. Odio cocinar. Me puedo hacer unos huevos o calentar algo. Pero todo lo que tenga que ver con la cocina, incluso lavar platos, me choca.

¿Te gusta comer?
Disfruto mucho comer. Una pasta con jitomate o con mariscos. Me encanta. Mientras no pique y no tenga ajo… Odio el ajo y la cebolla. Prefiero todo asado o a la plancha. Soy muy especial: no me gustan las cosas condimentadas, no me gustan las cosas que piquen o que tengan un sabor que mate el principal. Quiero que las cosas sepan a lo que son. Soy el némesis de cualquier chef.

Cuando eras niño, ¿quién cocinaba en tu casa?
La muchacha del servicio. Mi abuela me llegó a cocinar varias veces y me encantaba su comida; ella era andaluza. Me hacía calamares a la romana, paella, tortilla española. En España yo como feliz de la vida.

¿Cuáles son tus lugares para comer?
Como en casa, también hay muchos sitios en los que puedo hacerlo. Los restaurantes de mariscos o argentinos, por ejemplo, en donde la carne no está condimentada. En realidad soy muy fácil de complacer, suena complicado, pero lo difícil sería ponerle todos los ingredientes y condimentos. Lo fácil es comer como yo. Odio la comida muy elaborada.

Trabajas en algunos escenarios de Stand Up en donde la gente está comiendo y bebiendo, ¿cómo afecta a tu trabajo?
Yo empecé en un lugar donde se comía y se bebía; me tuve que ir acostumbrando. Ahora cuando llego a lugares en donde el ruido es mayor no me afecta, estoy habituado a que la gente beba, coma y se oigan platos, yo me concentro en lo que tengo que hacer y no me distrae.

¿Eso afecta en algún sentido al público?
Afecta en que no están poniéndome atención al cien por ciento, no como si estuvieran sentados en una butaca. Están buscando al mesero o viendo la comida cuando la parten, distraídos, pero es un reto distraerlos de su distracción. Están relajados, pero no en su cien. Yo prefiero que estén atentos y no relajados. Ahora trabajo principalmente en foros en donde la gente no está comiendo. No me gustaría regresar a los lugares donde se bebe. Prefiero mil veces al público en una butaca.

¿Convergen en algún punto la gastronomía y la comedia?
Nunca lo había pensado, pero la gastronomía está dentro de la vida. Jim Gaffigan, por ejemplo, tiene un material sobre tocino que me dio mucha risa, porque yo había escrito una rutina de comedia acerca del tocino –que no es un olor muy agradable cuando lo están cocinando. Me gustó que ambos abordáramos el mismo tema de maneras diferentes. Me parece divertidísimo cómo entre comediantes podemos hablar de los mismos argumentos. Estamos metidos en canales parecidos y nos ocupan y preocupan las mismas cosas, pero cada uno lo hace de manera distinta.

¿Hay algo "comestible"dentro de tu material de comedia?
En el escenario no, pero en mi libro El pelón en sus tiempos de cólera hay un capítulo en el que narro toda una comida en casa de mis padres: mi mamá diciendo cosas, mi papá enojándose con ella, gritando porque las tortillas no estaban calientes o porque la salsa la acababan de hacer y no estaba bueno el sabor. También hablaba en el show sobre lo increíble que era cómo te tenías que acabar todo lo que estuviera en el plato; siempre se quedaba algún guardian y tú te levantabas hasta que el plato estuviera vacío. La contradicción era cuando te castigaban y te ibas a la cama sin cenar.