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  REVIEW
 
 
Contramar
 
En el mar… ¿la vida es más sabrosa?
Por Carlos Dragonné
 

Para el siguiente tiempo nos decidimos por dos sugerencias del lugar, por una parte, mi cómplice se inclinó por el clásico salmón a las brasas acompañado de espinacas a la crema ($150) y yo me fui por algo más particular: esmedregal al pastor ($150). Empecemos por el salmón servido con un poco más grasa de la que las arterias agradecen, cocinado así quizá, para lograr ese contraste de texturas entre la corteza y el interior, cuya técnica sólo faltaría pulir para no toparse con tal cantidad de aceite en el plato. Cuando uno logra superar el elemento oleico, descubre un salmón de buen corte y sabor pero sin nada original que le aporte perspectiva al platillo.

El esmedregal, por su parte, danza con uno de los sabores mexicanos más importantes y logra bien su cometido. Si bien se debe a que aquí se descubre un cuidado extremo para no sobrecocinar el ingrediente principal, se agradece el detalle de acompañarlo con tortillas de maíz, cebolla, cilantro y piña, para en verdad jugar al clásico taco de viernes por la noche al que nuestro país se ha vuelto adicto. El resultado permite que el sabor suave del pescado sea el protagonista de cada bocado.

Ya por último, su carta de postres es discreta, y cuenta con joyas azucaradas como el flan de coco ($65) que hace un buen juego con un grano de café de buena calidad para cerrar la comida.

Salimos de ahí pensando en la entrada para la bitácora de viaje y descubrimos que algo pasó en este rincón de la colonia Roma pues, entre el barullo de la gente, el servicio atento, la cordialidad y familiaridad que en ocasiones se extraña en el mundo restaurateur, se les olvidó que uno de los elementos más importantes, sin lugar a dudas, sigue siendo el sabor, pues uno no puede evitar pensar que al final, la cuenta pagada (un promedio de $450 por persona comiendo abundantemente) fue por platillos que en su mayoría, cuentan con buena calidad pero no reflejan pasión culinaria. Así, levamos anclas y tomamos el viento con nuestras cartas de navegación aún en busca de un puerto para anclar nuestro apetito.