Arrancamos con un clásico coctel de camarón ($105) que justifica el precio por su abundancia, -la cual tal vez sea excesiva si no se comparte- y una muy buena selección de camarones; un platillo apto, no para bucaneros en busca de aventuras, sino para aquellos que buscan navegar en aguas tranquilas y conocidas… A la mesa llegó también un sashimi de atún ($100) que desde mi punto de vista tenía dos problemas primordiales: de entrada, servido sobre un ligero espejo de jugo de tomate y almeja con salsa inglesa; además las rebanadas delgadas estaban selladas por la orilla –lo que nos habla de una buena pieza de atún pasada por la parrilla– que rompe, por definición misma, la idea del sashimi y que además, pierde completamente el característico sabor de este pescado frente a un marinado forzado en la acidez del líquido sobre el que reposa.
Desencantado, le doy la vuelta a la página al ordenar uno de mis favoritos: clam chowder ($60), mi ánimo mejora al sentir el característico sabor de este clásico de Nueva Inglaterra en el que no sólo puedo saborear los ingredientes en su esplendor, sino que también descubro cuidado y dedicación para que la consistencia sea la adecuada. Cosa que no ocurrió con el caldo de camarón ($50) que llegó para mi acompañante. Si bien el camarón utilizado se siente de primerísima calidad, el sabor se presenta como el gran ausente pues aquí no sólo les faltó una característica única, sino la esencia misma de un buen caldo que es la concentración de sabores, ya que tuvimos que agregarle bastante sal para medio descubrirlos.
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