Es difícil imaginar la realidad gastronómica de Monterrey en 1998 cuando Pangea abrió sus puertas. Casi imposible creer que la ciudad más moderna del país no estuviera a la par de la novedosa gastronomía mundial del momento. Armado con pasión e infranqueable voluntad de ofrecer sólo productos de calidad, el chef Guillermo González Beristáin, propietario del restaurante, simplemente le cambió la fisonomía y el paladar de Nuevo León. Pangea es la base de un emporio creado con la misma fórmula, hoy el Grupo Pangea engloba ya seis conceptos restauranteros, una empresa de helados (Vía Láctea), una tienda de vinos dedicada sólo a etiquetas nacionales, un servicio de catering y una muy seria escuela de cocina, que suma ya varias generaciones de egresados. González Beristáin, oriundo de Ensenada, Baja California, tras concluir sus estudios profesionales en el prestigioso Culinary Institute of America, pasó una temporada en el sur de Francia donde se marinó en los secretos del sabor y la cocina de mayor tradición. Luego de algunos meses al frente de Banquetes Ambrosía en el Distrito Federal, realizó un cambio total de vida. El resultado fue Pangea, espacio que representa la comida que siempre quiso preparar, no es evolutiva ni vinculada con algún país o tendencia, simplemente son sus gustos y su visión de las cosas. El local, ubicado en una de las mejores zonas de Garza García (municipio próximo a Monterrey), es lugar de encuentro ideal para reuniones de trabajo; cuenta con zonas privadas, un cómodo bar y un comedor que se convierte cada tarde en una gran tertulia entre hombres de negocios. El fin de semana la sensación es algo más familiar. El menú es siempre sorprendente, algunos platillos han hecho historia. Entre las novedades están los callos de hacha a la sartén con emulsión de lima y una escalopita de foie gras que lo corona ($195), además de la impresionante delicia que significa la unión de estos dos grandes ingredientes, el toque aromático de la lima y el grandioso ahumado del chipotle engrandecen los sabores. La crema de calabaza de invierno con pesto de salvia y chile serrano ($90), no siempre disponible, luce en el camino algunos tropiezos de pan de cebolla. La unión de notas tan intensas como la salvia y el chile se concilian con la tersa sensación que regala la calabaza. Un platillo para aventureros es el medallón de mollejas de ternera ($125), una de esas recetas que recuerdan la influencia francesa del chef. Como guarnición un sensacional mil hojas de hongo duraznillo de sabor casi tan complejo como la molleja.
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