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  REVIEW
 
 
Rincón Polaco
 


El reto de la constancia

Por Ana Saldaña

Los Montes Cárpatos y el Mar Báltico le impregnan un sello único a la gastronomía polaca. En su repertorio encontramos platillos de los mares más fríos, como el arenque, contrastados con los típicos guisos que uno podría degustar en una pequeña cabaña perdida en las montañas. La comida es sustanciosa. Además de las diversas preparaciones con pescados, sus especialidades incluyen platillos a base de pastas, papa, carnes y aves, tales como el pato y el ganso. También son conocidos por su charcutería.

Me reuní un martes al mediodía con Luisa, una amiga y gran conocedora de la cerveza, para realizar un experimento de esta mítica bebida con la gastronomía polaca. Llegamos al Rincón Polaco y lo primero que observamos fue su decoración; el salón es amplio y en las paredes cuelga una selección de cuadros de íconos de arte religioso. Escogimos la mesa en el primer piso, ubicada junto a un gran piano de cola. Al preguntarle al mesero si éste se usa, nos contó que cobra vida los fines de semana cuando toca un trío de jazz. El dueño, Carlos Guerra Ríos, reunió a músicos, entre sus conocidos y amigos, para formar un grupo que a gusto del mismo mesero es bastante bueno.

Al preguntar por la selección de cervezas, el capitán nos ofreció una buena oferta de nacionales, además de dos importadas: una clara y una obscura. Optamos por las importadas. Así, llegaron a nuestra mesa dos Carolus, una Golden Classic ($55, obscura) y una Golden Carolus Triple ($55, clara).

Probamos nuestras bebidas y notamos sus diferencias: la más obscura era pesada y dulce con aromas a caramelo, mientras que la más clara tenía un sabor más amargo, y en la nariz se sentía más cítrica y herbácea. La acompañamos con la Botana incluida en el cubierto ($40): un blin, que consiste en una pequeña crepa delgada, preparada con una pasta de arenque y una ensalada de pepino aderezada de un cremoso y espeso aderezo con eneldo. Ambos, maridaron a la perfección con la Carolus clara. Para comer, Luisa optó por pedir el Menú de degustación ($500). Yo, me debatía entre pedir el Pato polaco rostizado ($306) o el Gulash, unos pequeños trozos de ternera preparados con una salsa roja a base de cebolla, pimiento y páprika ($187). Me decidí por el segundo.

Como parte del menú de degustación, la entrada consiste de dos ricas rebanadas de charcutería acompañadas por mostaza y raíz fuerte, una porción de un intenso curtido de arenque y un paté. Probamos todo con ambas cervezas y decidimos que la más clara acompañaba mejor los platillos, ya que la cerveza obscura le restaba a los platillos por su dulzor. A continuación sirvieron la selección de sopas. Comenzamos por probar la sopa fría de fresa, que más bien nos recordó a un postre. Nada que ver con las otras dos que estaban deliciosas, una sopa de betabel con carne y la sopa con hongos silvestres polacos, que van perfecto con la Carolus obscura.

 
 
  data
Rincón Polaco
Darwin 119, Col. Anzúres
Tel. 5255-0801
 
 

Llegó a la mesa el gulash y Luisa recibió el primero de sus platos fuertes: pato en dos preparaciones, una rostizada y otra con salsa de hongos. El gulash estaba bueno; la carne tenía una textura suave y la sazón no era muy intensa. El pato nos decepcionó en sus dos formas, estaba seco. El segundo plato fuerte consta de dos porciones de ganso, una rellena de arroz salvaje y la otra con una salsa de ciruela. Este platillo fue muy superior al anterior. El punto de cocción era más adecuado y sobre todo la salsa de ciruela nos encantó por su agradable mezcla de especias.

El servicio fue distraído a pesar de contar con pocos comensales. Llegaron después de un largo tiempo de espera el dúo de postres incluidos en la degustación. Al pastel de manzana no le prestamos mucha atención; lo que valió la pena era la crepa crujiente rellena de blueberry, estaba deliciosa. Para terminar, nos ofrecieron un vodka helado de cereza, el cual sorpresivamente no empalagaba en lo más mínimo.

Desafortunadamente, tanto la técnica en la ejecución de algunos de los alimentos como el servicio fueron descuidados, a pesar de su precio. Al salir del restaurante volteamos a ver la fotografía del Papa Juan Pablo Segundo a nuestro costado y asentimos: el menú que comió su santidad en este restaurante debió, a pesar de haber llevado los mismos nombres, haber sido muy diferente en cuestión de técnica y sabor. La consistencia es un gran reto para cualquier restaurante y el día de hoy no la lograron.