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  VIAJES
 
 
Marruecos,
el camino de las especias
 
 

Cinco veces al día, desde cualquier lugar de la ciudad, se escucha el llamado a la plegaria desde encendidos altavoces. Y aunque el bullicio constante no se detiene, cientos de fieles se arrodillan para recitar el Corán en dirección a la Meca, ya sea en las calles, en un estrecho pasillo o desde lo alto de una colina.

Viaje al centro del mundo Marruecos esconde algo especial en su ruta al desierto, con pueblos hechos de arcilla, paisajes que mezclan montañas, vegetación espesa, ríos y extensos oasis. Todo en una sola imagen.

Una opción es partir desde Fez en auto, lo que además permite visitar decenas de pueblos en el camino al Sahara. Driss, el guía, estaba encantado de mostrarnos su tierra. El auto, un viejo Mercedes negro con vidrios oscuros para soportar mejor el sol,recorrió un largo trecho de carreteras, y a cada kilómetro, Marruecos iba dejándose ver un poco mejor. “Parar en algún almacén para comprar bidones de agua es indispensable antes de comenzar la ruta al desierto”, dice Driss. Las primeras horas se atraviesan los pueblos de la cordillera del Atlas Medio: Imouzar, Ifran, Timahdite. En cada uno, resulta un placer sentarse en un café a desayunar con jugo de naranjas, pan y mermeladas caseras.

 

Para el almuerzo, qué mejor que un tajine bien caliente,aromatizado con el ingrediente por excelencia de Marruecos: las 45 especias. Este plato se sirve en un recipiente hecho de barro y con tapa cónica, en el que los alimentos se cocinan en su propio vapor. Cuando el plato llega a la mesa, el aroma de los vegetales y las carnes es intenso. Se preparan de carnes o pollo, con papas, zanahorias, cebollas, tomates, perejil y los toques especiales de cada lugar.

A media tarde, un pueblo especializado en tapices, el terreno comienza a ser más arenoso, y los picos nevados de las montañas, a lo lejos, contrastan con el color ocre de la tierra. Los grandes oasis comienzan a aparecer, difíciles de delimitar, con sus palmeras, lagos y piedras. A lo largo del recorrido, se ven decenas de Kasbah, así como las Medinas, construcciones con sólo una entrada y una salida, con su mezquita y mercados.

El sol rajante ya empieza a caer cuando llegamos a Rissani, atravesando Errachidia y Erfoud, a pocos kilómetros de la frontera con Argelia. Los burros con sus cargamentos de té, palmeras secas para encender el fuego, dátiles y menta, bordean la ruta. En Rissani, nos ofrecen el, quizá, séptimo té del día, bien dulce y caliente, en una casa de artesanías, tapices y teteras, mientras Driss fuma su shisha (la pipa de agua que forma parte de la cultura local).

 

 
 
 

Los misterios de Marruecos son tantos, que cualquier intento por comprender este país resulta vano. Su influencia europea es notoria, pero no deja de ser un lugar musulmán tradicional.