Un almuerzo o cena tradicional en Bulgaria siempre empieza con una ensalada; como la shopska (con pepino, morrón, tomate, cebolla y queso de oveja) o la Ovcharska (con los mismos ingredientes además de huevo, hongos y jamón). Muchas veces, a las ensaladas (acompañadas de un vaso de rakia, el licor típico de la zona) les sigue una entrada caliente que puede ser una sopa, como la clásica de frijoles o la veraniega tarator, de yogurt frío y pepino. La mayoría de los platos son a base de pollo o cerdo, si bien el cordero, la ternera y los guisos son otros de los favoritos. Los postres no son muy contundentes en los restaurantes; resultan ser los panqués de miel o el helado los más comunes, pero las pastelerías ofrecen una gran variedad de pasteles y dulces.
Mientras se recorren los mercados, también se puede probar alguna especialidad de la región, como la banitsa, una masa de hojaldre rellena de queso blanco que se acompaña por lo general de yogurt, un básico en la alimentación búlgara. El yogurt, además, habría sido descubierto por ellos varios miles de años atrás, y por eso alegan tener las mejores variedades del mundo, no sólo a base a leche de vaca, sino también de oveja y búfala.
Skopje, un gran bazar
Lleva su tiempo entender a Macedonia. Y caminando por sus calles, todo va adquiriendo su sentido. El país tiene un poco más de dos millones de habitantes y es un territorio que ha sido siempre blanco de disputa en los Balcanes. Determinadas zonas de la capital parecen a medio hacer –o a medio destruir– a causa de los fuertes terremotos que ha sufrido la ciudad, como el último gran movimiento sísmico de 1963. Y otras zonas son tan modernas, que su vida nocturna y gastronómica está a la altura de los mejores restaurantes europeos.
Para llegar vía terrestre desde Sofía, las opciones son el autobús o el auto. Largas y calurosas horas separan a una capital de la otra, recorriendo campos, zonas montañosas y pequeños pueblos cada varios kilómetros. El viaje vale la pena. En Skopje, uno se siente bien. Los macedonios son agradables y siempre están dispuestos a mostrarnos el camino cuando las calles no vestise encuentran marcadas, cuando los mapas no son del todo evidentes, o cuando el alfabeto cirílico resulta incomprensible.
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