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  VIAJES
 
 
Marruecos,
el camino de las especias
 
 

Ya en la oscuridad, salimos para el pequeño hotel ubicado, literalmente, en medio de la nada. Luego de descansar unos minutos en los almohadones coloridos de la sala principal, repleta de instrumentos y alfombras, tomamos los camellos que nos conducirían al campamento bereber en el Sahara. Este pueblo nómada habita el norte de África, sobre todo, en Marruecos y en Argelia. Diferentes tribus e idiomas integran esta etnia, esparcidas un poco por todo el Magreb. Sus prácticas culturales varían de una tribu a otra, pero entre varias cosas, comparten la religión musulmana. Si bien cada vez son más aquéllos que deciden asentarse y subsistir por medio del comercio y la agricultura, todavía hay muchos que viven yendo de un lado a otro, practicando el trueque.

El trayecto duró una hora a paso lento de camello, bajo el mando de dos bereberes que seguían las estrellas para encontrar el camino. Eran las 11 de la noche. Así, en caravana y en silencio, llegamos al campamento, un conjunto de seis carpas hechas con telas pesadas y frazadas de piel de camello. La cena fue memorable: ensalada marroquí con pescado, pepino y tomate, acompañada de pan casero. Luego, tajine cocido sobre carbón. Esta vez, de pollo con aceitunas, verduras, ajo y especias. Para el postre: melón y naranjas. Y otro té más –los nómadas toman mucho té para soportar el calor sin deshidratarse, así como leche de camello–. Nos llega el sonido de algún tambor africano que alguien toca a lo lejos, mientras Driss sigue contando historias. A la mañana siguiente, con la sensación de haber dormido varios siglos y con un té caliente emprendemos el camino de regreso.

La plaza fuera del tiempo
Volvemos a Marrakech por la serpenteante ruta del Alto Atlas, lo que significa una delicia para la vista, por sus paisajes y colores increíbles. En Tingdad, almorzamos pizza sahariana tradicional, hecha al horno de pan, con carne, especias, huevo y cebolla.

Luego, visitamos las gargantas del Todra, impactantes formaciones rocosas ideales para escaladores. Tras una noche reparadora, emprendimos camino a Ouarzazate, más al Sur, ciudad que en otros tiempos fue un punto comercial fuerte y que hoy se convirtió en un interesante centro administrativo, con uno de los estudios cinematográficos más importantes del mundo. Su Kasbah, hecha de tierra en el siglo XVII sobre una colina de la ciudad, merece una visita. Una tarde más en el Mercedes negro y llegamos a Marrakech. La plaza Jemaa el Fna fue declarada por la Unesco Patrimonio Oral de la Humanidad. A pocos pasos se encuentra la mezquita Kutubia, centro indiscutido de la ciudad, rodeada de cafés, restaurantes, tiendas y más socos. Pero lo que la hace especial no es esto, sino la cantidad de comerciantes y artesanos que se instalan cada día en la plaza; encantadores de serpientes, dentistas, narradores, magos y vendedores. Cada cual se dedica a lo suyo y se dirige a quien quiera escuchar, y así la plaza se transforma en un barullo en el que se mezcla lo que se escucha, se grita o se murmura, los olores, los miles de idiomas, en un sólo lugar. Todo Marruecos, en sus tonos henna, índigo y azafrán, explota de vida en esta plaza, en un segundo y para siempre.

 

Imperdible
Para apreciar una de las vistas más impactantes de Fez, hay que atravesar por completo su Medina, salir por una de sus puertas traseras (exactamente por Bab-Guissa) y subir la colina. Desde allí, la ciudad muestra todo su esplendor y se comprende un poco más el entrevero de calles y muros. Una de las mejores horas es el atardecer, justo para escuchar desde allí el llamado a la plegaria y ver a más de un fiel rezar en paz desde lo alto.

De camino a Marrakech, las gargantas del Todra, impactantes formaciones rocosas ideales para escaladores. La plaza Jemaa el Fna y los vendedores que se instalan a toda hora. Los encantadores de serpientes en la misma plaza, atracción turística por excelencia. Las pipas de agua forman parte de la cultura local, sin bar que no la ofrezca ni marroquí que se resista al sabor del tabaco de gustos frutales. Por las calles y los mercados de la Medina de Fez.

 

 






 
   
 
Cinco veces al día se escucha el llamado a la plegaria desde encendidos altavoces. Cientos de fieles se arrodillan en cualquier lugar para recitar el Corán en dirección a la Meca.