De tanto dar vueltas, subir a la fortaleza, pasar por la mezquita Mustafa Pasha, volver a bajar y seguir caminando, uno se pierde. Y lo disfruta. Y en algún momento el gran mercado al aire libre de Bitpazar aparece. Ahí nos topamos con otra Skopje, incansable, ajetreada, viva, llena de personas que recorren las laberínticas calles de un lado a otro, buscando vestimentas, zapatos, comidas, quesos, artesanías, vinos, radios, frutas, carnes, televisores, lo que sea. En algunas partes, los toldos no dejan pasar mucha luz, así que los focos colgados en forma de precaria iluminación le dan al mercado un aspecto lúgubre.
Pese al polvo, el calor, el ruido y la muchedumbre, no dan ganas de irse de ahí. Eso es lo que produce Skopje, querer estar, todavía, un día más. Al final, no hay otra opción que seguir camino, para descubrir algo más del otro lado del río. Porque en Skopje también parece haber dos partes. Del lado oeste del Puente de Piedra, la vida no es como en el antiguo Bazar, y hay algunas calles con restaurantes de primer nivel, bares de última moda, calles bastante más prolijas y plazas más cuidadas. Se puede contemplar, por ejemplo, la enorme Catedral de San Clemente, construida hace menos de veinte años.
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