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Marruecos,
el camino de las especias |
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Calles como laberintos, los aromas que hipnotizan, los mercados caóticos, los encantadores de serpientes y los oasis, la ruta al desierto y una ciudad que no se agota nunca. |
Por Sofía Kliche
Fotos de Sofía Kliche y Alejandro Labrador
gentileza elgourmet.com Uruguay |
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Marruecos es Marrakech, el Mediterráneo, el islam y el desierto. Pero también los miles de sabores en cada plato, los camellos a lo lejos como puntos que se mezclan con la arena, sus pueblos de arcilla y tierra a lo largo del camino, las mezquitas que guardan años de tradición y cultura y, por supuesto, su gente. Es, por sobre todas las cosas, un sinfín de ciudades enredadas y saturadas de mercados, y también, el desierto profundo con el viento espeso, el sol en lo alto y las tribus que lo habitan. Posiblemente, no llegue a conocerse Marruecos. Sus misterios son tantos, que cualquier intento por comprender este país resulta vano. Su influencia europea es notoria, pero no deja de ser un lugar musulmán arraigado a tradiciones milenarias que lo vuelven enigmático frente a la mirada del turista occidental.
Ciudad encantada
Fez merece su tiempo. La llegada a la ciudad desde Tánger, al norte del país, lleva unas siete horas en micro y se convierte en un descubrimiento pausado de lo que es Marruecos. Aquí pocos hablan otros idiomas además de árabe, y los pueblos parecen congelados en el tiempo. La ciudad es mágica: guarda más de doce siglos de historia en la que se destaca una sucesión de monarquías que la enriquecieron y comunidades como los judíos, los árabes, los andaluces, los bereberes, que siempre la habitaron, convirtiéndola en la capital cultural del país. En contraste con su desarrollo moderno, en Fez se vive sobre todo a través de sus pequeños y cientos de artesanos, lo que a los ojos occidentales la envuelve de un clima medieval irresistible.
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La Ville Nouvelle es la zona moderna, construida bajo el protectorado francés, con sus hoteles y restaurantes al mejor estilo occidental –si bien es casi imposible encontrar a una mujer marroquí en un bar porque sólo los hombres los frecuentan–. Pero es al este de Fez, en su Medina antigua, en donde se ve condensada la historia, la tradición, la religión y la belleza; Fes el Jedid –con su palacio real y el barrio judío–, edificada en el siglo XIII, y Fes el Bali, aún más antigua y construida entre murallas, conforman el corazón de la ciudad. Entrar en la Medina, declarada Patrimonio de la Humanidad, por una de sus catorce puertas, es como viajar diez siglos hacia atrás. Como en cada barrio dentro de las Medinas de Marruecos, Fes el Bali tiene sus cinco pilares fundamentales: la mezquita, los baños turcos, el horno comunal para que las mujeres lleven el pan casero a calentar, el soco (mercado) y el grifo con agua. Antes de cruzar el umbral de alguna de las puertas, varios guías –oficiales y particulares– se acercan para ofrecer su compañía en el recorrido, casi siempre a cambio de una suma de dinero negociable.
No hay mejor forma de conocer la Medina que dejándose llevar, entrar, preguntar, mirar hasta el cansancio las tiendas de artesanías, los hornos de pan y las farmacias de hierbas escondidas y atendidas por algún sabio. Las imágenes invaden enseguida al visitante: calles laberínticas y con escasa luz, el ajetreo constante de las peatonales en donde se instalan los mercados, la mezcla de música con plegarias, ofertas a viva voz, motores, pisadas de burro, risas y palanganas con agua, se funden para transformarse en el sonido específico de un país. Las radios encendidas en alguna esquina, la tenacidad de los comerciantes empeñados en que el comprador regatee el precio, los burros cargados con té, hojas y frutos, el aire con olor a harsha (pan casero) y tajine, el idioma como una encrucijada y los atuendos de los habitantes, con sus velos, capuchas y trajes hasta el piso, el sabor de cada plato acompañado con su té verde a la menta, bien dulce; todo es Marruecos.
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Frutos secos que se venden por kilo en la plaza Jemaa el Fna
de Marrakech.
Especias para acompañar los omelettes de huevo y tomate.
Por las calles y los mercados de la Medina de Fez.
Almacén de alimentos, instrumentos, bebidas y frutos.
En la Medina de Fez, vendedores de harsha (pan marroquí).
Detalles de la impresionante Kasbah de Ouarzazate.
Los hoteles para turistas están al costado de todos los caminos.
Vista desde una de las pequeñas ventanas de la Kasbah de Ouarzazate. |
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