“Yo me meto en sus bocas, me cuelo en sus entrañas y les deposito una semilla de grandeza”
José Manuel Fajado, A pedir de boca
Más allá de Egipto
El alegre nacimiento de esta bebida parecía apuntar a Egipto. Sin embargo, en la actualidad se conoce que la cultura sumeria, en Mesopotamia, brillaba de “felicidad” por la fermentación espontánea de cereales macerados en agua desde hace nada menos que 6.000 años.
De esta forma, sólo fue necesario un húmedo saco de trigo o cebada y el paso del tiempo para obtener esa primera cerveza. Posteriormente, el hombre, sediento de emociones, se encargaría de imitar dicho proceso natural de creación.
Por otro lado, la evidencia deja ver que era una bebida exclusiva para la comunicación entre lo humano y lo divino, entre dioses y sacerdotes. Desafortunadamente, los seguidores de la cerveza de los primeros años de la Edad Media consumían un brebaje sucio de muy escasa calidad que se encontraba a temperatura ambiente, circunstancia que el día de hoy nos alejaría de inmediato de nuestra presa, hundiéndola en la profundidad del frío paralizante.
Más adelante, el monje benedictino Arnoldo (siglo XI) dio el paso definitivo en el perfeccionamiento en las técnicas cerveceras, erigiéndose con justicia como el santo patrono del gremio de cerveceros.
Los encantos de las bebidas incitantes de risas y lujuria, el vino y la cerveza, sólo se verían opacados por la llegada a Europa del té y el café entre los siglos XV y XVII.
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