El ritmo de la mano alfarera se plasma en cada olla, jarro, comal, cazuela y utensilio que pueda ser formado con la materia prima de este lugar: el barro. Así, de forma casi religiosa, Margarito Dorantes "Márgaro" y su hermano Hilario repiten este trabajo día tras día, como si fuera un dictamen, como en el tiempo cuando los artesanos gozaban de un estatus respetado por las sociedades.
Sus manos, de las más trabajadoras de México, encuentran aquí un nicho en el que resalta la sensibilidad y una filosofía de vida basada en los usos y costumbres. "La alfarería fue la herencia que mi padre nos dejó y ha pasado de generación en generación; es una fortuna para nuestra familias, ya que nos brinda el sustento diario, además de ser un oficio muy bonito", cuenta Márgaro.
Desde hace 24 años, Márgaro se levanta a las seis de la mañana para ir a extraer el barro de dos terrenos que tienen los alfareros de la comunidad. Después, se sumerge en un laborioso proceso -que a veces le ocupa todo el día-, para la creación de diversas piezas rústicas utilitarias y de decoración. Éstas son vendidas directamente al consumidor (muchas de las veces turistas que visitan el pueblo), y también con intermediarios que los comercializan en otras localidades. Es así como a través de esta actividad se favorece a la comunidad de más de setenta alfareros y a sus respectivas familias, en un pueblo de 14 mil habitantes. Nada mal, para ser una oficio que data de la prehistoria.
Manos a la obra
Aunque la creación de piezas de alfarería no es un proceso matemático, se fundamenta en el trabajo laborioso y de resistencia física. Todo comienza cuando se tiene el barro y se "acriba" -cuando se combina del barro liso y el arenoso, para que la pieza soporte altas temperaturas en el horno.
Más tarde, se le revuelve con agua y se le pone "la plumilla", que es una especie de fibra extraída del árbol de tule y que da firmeza a la pasta. Enseguida, se le pone más agua, se ablanda y se estira varias veces en el piso (un proceso al que llaman "tortillear"). A la pasta lista se le da forma a partir del molde deseado (ollas, cazos, platos, jarros cafeteros, entre otros), se le crean "los yahuales" -pequeños agujeros que se le hacen a la pieza para quitar burbujas de aire en la superficie-, y por último se deja secar.
"Es un proceso especial ya que la pieza tendrá la forma que le den nuestras propias manos, a diferencia de las piezas de cerámica, en las que sólo se vierte el yeso dentro de un molde", asegura Márgaro. Los últimos pasos que se realizan es el pintado y el horneado. "Para la pintura ahora utilizamos la loza vidriada con esmalte, en vez del plomo, porque era muy dañino".
Seguir siendo
"Piezas pequeñas, como cochinitos, eclipses y lámparas de ornamento, entre muchas otras, es lo que más solicita el cliente que visita nuestro taller", dice Juan Carlos Altamirano, alfarero con más de 16 años en el negocio.
El lugar cuenta con dos hornos que pueden subir hasta 1050º C, para trabajos hechos en barro y terracota (con esta última se puede hacer técnica de vaciado y formar piezas huecas que sirven para la ornamentación). "Lo que más se vende es lo que está de moda, como la 'virgencita plis', los ángeles y el chavo del ocho; también hacemos reproducciones de cualquier objeto que nos traigan. Eso sí, todo aquí se decoran a mano", asegura Altamirano. Además de que este taller funciona como bodega y punto de venta, se imparten cursos de modelado en barro, para niños, y demostraciones para el público en general.
Y, aunque muchos de los alfareros del Barrio de Santiago venden sus piezas en el Mercado de artesanías de Tlayacapan, la opinión acerca de que las ventas son bajas es generalizada. "Antes estaba mejor el negocio; llegaban de Puebla y otras partes para pedirnos cientos de piezas y hasta se las arrebataban. No nos dábamos abasto, pero ese tiempo ya pasó", comenta Francisco Toscano. "Mucha gente se ha ido para Estados Unidos o ha cambiado de oficio, como la albañilería. Además no sabemos dar el adecuado valor a nuestro trabajo, ya que no hay algo que regule los precios de venta, entonces muchos compañeros abaratan sus piezas haciendo que se vuelva difícil la venta para otros", agrega.
Del otro lado de la moneda, la oportunidad de que el turismo nacional repunte en esta zona es una buena noticia para los artesanos que buscan expandir sus ventas. "Tlayacapan se ha vuelto un lugar muy turístico por el Museo de las Momias, el Exconvento, el Museo La Cerería, su alfarería y también porque existe la iniciativa, por parte de la Secretaría de Turismo de Morelos, en volverlo un pueblo mágico para finales de este año ", asegura Márgaro. Si sumamos el potencial que esta oportunidad turística puede atraer, más la calidad de sus productos, podemos apostar a que los alfareros de Tlayacapan pronto tendrán buenas noticias.
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